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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica (2do. Trimestre 2008)"

RECURSOS ESCUELA SABÁTICA 
Comentarios de la Lección 



Lección 1 1 

14 de Junio de 2008 



El poder de su resurrección 

Prof. Sikberto Renaldo Marks 



Versículo para Memorizar: "Y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo 
por los siglos de los siglos" (Apocalipsis 1 :1 8). 



Introducción 

Las grandes religiones ostentan, con orgullo, y cada una de ellas, las tumbas con los 
restos mortales de sus líderes fundadores. Nuestro Fundador también murió, y la 
tumba de Él está en algún lugar. Sin embargo, el fundador del Cristianismo no está 
allí. Salió de allí triunfante sobre la muerte, y está vivo para siempre. Ni siquiera llegó 
a las primeras etapas de la descomposición corporal, sino que resucitó y vive para 
siempre. Jesús debió haber quedado en la tumba, muerto, aproximadamente durante 
unas treinta horas. 

¿Qué significa una tumba vacía? ¡Qué allí no hay nadie! La tumba vacía de Jesús 
simbolizar dos cosas para nosotros. En primer lugar, que nuestro líder venció la 
muerte, pues salió vivo de ella. En segundo lugar, por medio de su victoria, nosotros 
también podemos vencer, de la misma manera, a la muerte. 

¡Cuántos sitios mortales, en ocasión de la Segunda Venida, quedarán vacíos! Otros 
lugares un día desaparecerán junto a su contenido. Desde ese momento en adelan- 
te, ya no habrá tumbas, ni restos mortales. Pero aquellas tumbas que quedarán vac- 
ías en ocasión de la Segunda Venida, cuando el planeta sea purificado por el fuego, 
desaparecerán vacías. Otras, sin embargo, sólo estarán vacías al final del milenio. 
Pero la historia de su contenido será diferente. Aquellos que estuvieron en las que 
quedarán vacías antes del milenio, vivirán para siempre. Las que quedarán vacías 
después del milenio, y sus ocupantes, que junto a Satanás se rebelarán contra Dios, 
aún estando vivos, serán consumidos para siempre. 

Hoy es el tiempo de decidir cómo será nuestro futuro. Es muy posible que no llegue- 
mos a ocupar alguna tumba. Pero, si nos entregamos a nuestro Salvador, una cosa 
es cierta: viviremos con Él por los siglos de los siglos. Fue para eso que Él salió de la 
tumba vivo, y la dejó vacía para siempre. Un día la tumba de Jesús será destruida, 
pero Él no estará en ella, así como nosotros no estaremos en nuestra tumba. 



La historia de la resurrección (Primera parte) 

La historia de la muerte de Jesús está repleta de hechos injustos. Las injusticias e 
incomprensiones comenzaron bien temprano, cuando predicaba (ver Lucas 4:16-30), 
cuando el enemigo intentó matar a Jesús por blasfemo. El había dicho que las Escri- 
turas se habían cumplido con la llegada del Mesías, o sea Él. Los presentes, sus 
compatriotas, intentaron -a causa de esta declaración- matarlo. Pero Él escapó de 
en medio de ellos y se fue para nunca más volver. 

¿Qué otra cosas podía encontrar Satanás en Jesús que pudiera servir de argumento 
para quitarle la vida sino por sus declaraciones de que era el Hijo de Dios, el Mesías 
prometido? Era exactamente esa verdad la que Satanás no quería que fuera revela- 
da. Además, los judíos celosos no admitían la blasfemia. Se ofendían intensamente 
en presencia de alguna. Aquí estaban entonces los ingredientes necesarios para le- 
vantar al pueblo en contra de Jesús: acusarlo de haber blasfemado. 

A lo largo de su vida, los líderes religiosos intentaron encontrar algún desliz en Jesús 
para condenarlo. Querían algún motivo que sirviera de excusa para matarlo. Note- 
mos: no querían apresarlo durante algún tiempo, sólo se contentaban con su muerte. 
Procuraron hallar motivos para condenarlo pero, durante más de tres años, no en- 
contraron nada. La vida de Jesús era vigilada día y noche, en busca de algún detalle 
incriminador. Los enemigos con la vista fija siempre en Él. ¿No te parece una vida 
bastante difícil? 

Los líderes religiosos, ya sin poder contenerse más, en aquella noche de jueves, lo 
prendieron. Aún sin tener razón alguna. ¿Qué piensas con respecto a esta manera 
de arrestar a una persona, sin alguna acusación que sirviera de motivo? Jesús mis- 
mo dijo: "Siempre estuve entre ustedes, en el Templo y entre el pueblo, y hacía lo 
bueno. ¿Cuál es la razón de que arresten?". Es porque efectivamente no la había. 

Llegaron al colmo de llevar a Jesús a juicio, sin ninguna acusación. Un juicio sin una 
acusación, ¿has visto algo parecido? Durante el enjuiciamiento procuraron, desespe- 
radamente, algún testigo falso, para acusar a Jesús de algo falso (ver Mateo 26:59). 
Necesitaban de alguna acusación para condenarlo a muerte. 

Finalmente, aparecieron dos testigos que dijeron una media verdad, de aquellas que 
son realmente mentira porque sirven para ser interpretadas según como se desee. 
Dijeron que Él había afirmado que podía destruir el Templo y reedificarlo en tres días 
(Mateo 26:61). Pero no dijeron que Él se estaba refiriendo a su cuerpo. En eso, 
Jesús se estaría haciendo pasar por Dios, o sea, estaría blasfemando si realmente 
no fuera Dios. Jesús no se estaba refiriendo al Templo de Jerusalén, sino a su cuer- 
po que, muerto, resucitaría al tercer día. Inmediatamente, el sumo sacerdote, altera- 
do y furioso como estaba, proclamó que Jesús había blasfemado (así como ocurrió 
en Nazaret, según Lucas 4:16-30). Finalmente, habían encontrado el motivo, obvia- 
mente falso. 

¿No hubo testigos a favor de Jesús? No hubo oportunidad para que alguno se mani- 
festara en su defensa. Alguien podría haber explicado que era lo que Jesús había di- 
cho en verdad. Otros podrían haber testificado acerca de sus innumerables milagros, 



resurrecciones, multiplicaciones de alimentos, de los ciegos, paralíticos, leprosos, 
etc., sanados. Pero ni siquiera un testigo fue convocado. Por el contrario, el sacerdo- 
te, luego de una acusación apenas aceptable, se apuró en decir: "¡Ha blasfemado! 
¿Qué más necesidad tenemos de testigos?" (Mateo 26:65). Si por ventura alguien 
apareciera y espontáneamente se manifestara a favor de Jesús, los soldados segu- 
ramente lo harían callar. 

Aquellos soldados romanos, que supuestamente debían mantener el orden y prote- 
ger a todos, incluso a Jesús como reo, muy por el contrario, lo abofetearon, escupie- 
ron y lo insultaron. ¿Cómo podrían haber tenido oportunidad de defender a Jesús 
aquellos humildes seres humanos que habían sido beneficiados por Él? Todo en 
verdad fue una trama satánica, el ambiente esta preparado para que Jesús fuera 
condenado a muerte, para impedir cualquier manifestación en su defensa. Fue un 
juicio unilateral, arreglado y sumario, que únicamente aceptó la acusación, sin una 
defensa. En un juicio sin valor legal alguno, sin legitimidad, se llegó a una sentencia 
y a la ejecución de ella. Así funciona la justicia de Satanás: una odiosa venganza 
contra algo que el ni sufrió. 

La primera acusación contra Jesús, en el comienzo de su trayectoria, fue también la 
que lo condenó: decir que era Dios. El fue muerto por haber revelado la verdad fun- 
damental: Dios entre los hombres, Él como Mesías. Podrían haberlo condenado por 
sanar en sábado, por haber expulsado a los vendedores del Templo, y hasta por 
haber llamado a los líderes "sepulcros blanqueados" o "generación de víboras", pero 
eso ni siquiera lo recordaron. Satanás quería condenar a Jesús por la razón más im- 
portante de su misión: ser Dios entre nosotros. 

Es obvio que, después de fracasar con la resurrección del Mesías, Satanás intentó 
desviar al pueblo de Dios eliminando la santidad del sábado e introduciendo la ob- 
servancia del domingo pagano entre los cristianos. Y, astuto como siempre, tal como 
la excusa para matar a Jesús, Satanás utilizó la propia resurrección como excusa pa- 
ra cambiar el día que Jesús había santificado. Así, al menos desviaría al pueblo de 
adorar a Dios como el Señor había establecido. 

Pero, curiosamente y de una manera hasta un tanto extraña, el domingo, considera- 
do santo por aquellos que -subrepticiamente- combaten a Jesús, hasta sirve de 
prueba de su resurrección pues hasta el propio enemigo, con esta estratagema, 
¡admite que Jesús ha resucitado! ¿Acaso no se explica la santidad del domingo a 
través de la resurrección? Aún así, no sirve de manera alguna como justificativo para 
que el domingo sea considerado santo. Dios nunca hizo ese cambio. 

Jesús fue condenado a muerte por la verdad central de su misión: venir a este mun- 
do como Hijo de Dios hecho hombre y así salvar a la humanidad. Fue condenado por 
su misión, que cumplió en su totalidad y cabalmente. 

¿Cuál es la evidencia más significativa para comprobar la resurrección de Jesucris- 
to? Es curioso, pero esa evidencia no procede de aquellos que fueron aliados de 
Jesús, ni de sus enemigos, sino de los soldados romanos aliados a los enemigos de 
Jesús. 



A las 15 horas, Jesús clamó y entregó su espíritu (aliento) a Dios, quien se lo había 
dado. El velo del Templo fue rasgado de arriba abajo, evidenciando así que eso era 
obra de un ángel. Hubo un terremoto, las rocas se fundieron y los sepulcros se abrie- 
ron. Entonces escuchamos una exclamación que prueba quién era el que acababa 
de morir. El centurión y sus soldados dijeron: "Verdaderamente éste era el Hijo de 
Dios". Ellos asociaron los fenómenos de la naturaleza que se estaban manifestando 
desde el mediodía. Fueron esas personas paganas las que probaron que Jesús era 
Dios. Y esto es muy significativo. 

¿Qué dijeron los líderes religiosos al mismo tiempo? Al siguiente día, que era sába- 
do, se dirigieron a Pilato y le dijeron que "aquél embustero", refiriéndose a Jesús, 
había dicho que resucitaría al tercer día. Por lo tanto había que tomar providencias 
para que los discípulos no vinieran de noche y robaran su cuerpo para decir que hab- 
ía resucitado. Pilato les dio una escolta para que guardaran la tumba hasta el domin- 



Aún más, sellaron una piedra contra la roca, para que quedara comprobado que, al 
tercer día, nadie había salido de ella. Si el lacre permanecía intacto, se probaría que 
Jesús no resucitó, pues al salir, éste se rompería. ¿Entendemos? Estaban preparan- 
do una prueba con la cual pudieran negar de que Jesús no cumpliría con su promesa 
de resucitar. Y es aquí que reside la mayor prueba de su resurrección, tal como lo 
veremos más adelante. 

Que Jesús fue sepultado, no quedan dudas. José de Arimatea se dirigió a Pilato para 
pedirle el cuerpo de Jesús. Para eso era necesario que se certificara la muerte. Un 
soldado ya había lanceado su costado, verificando con esto su deceso. Entonces, 
rápidamente lo sepultaron en una tumba nueva, propiedad de José de Arimatea. Ni 
bien lo retiraron de la cruz, tal vez limpiaron su cuerpo, lo envolvieron en una sábana 
y lo depositaron en la tumba. No hubo tiempo para el ritual del embalsamamiento, 
pues ya estaban llegando las horas sagradas del séptimo día, el sábado. En este día 
Jesús siempre había descansado, conforme al mandamiento. Así, en su muerte, 
también descansó en ese día, conforme su costumbre. Y los discípulos hicieron lo 
mismo. 

¿Y la pregunta sobre la mayor evidencia de la resurrección? A continuación la com- 
pletamos. 



La historia de la resurrección (Segunda parte) 

"La mentira tiene patas cortas", reza un refrán popular. Los líderes habían llamado a 
Jesús "embustero". Eso denuncia sus intenciones. Odiaban la popularidad de Jesús, 
que Él ni siquiera había procurado tener. Jesús detestaba ser famoso, las personas 
fueron lo que lo llevaron a eso. Por otro lado, los líderes se enfurecían por los celos a 
causa de la fama de Jesús. Cada vez más gente seguía a Jesús, y cada vez menos 
escuchaba a los líderes. 

¿Recuerdas con qué argumentos habían arrestado a Jesús? ¡Con ninguno! Jesús 
fue arrestado y nadie sabía por qué razón. Ni siquiera quienes lo habían mandado 



irlo tenían un motivo concreto, que no fueran el odio y los celos. Y este es un 
punto importante para que estemos seguros de que Él resucitó. 

¿Cómo ocurrió todo? Al comienzo del primer día de la semana, descendió un ángel 
del cielo con toda su gloria, lo que iluminó el jardín. Hubo un terremoto. Los guardias 
cayeron como muertos. El ángel removió la piedra y Jesús resucitó. 

Notemos aquí algo bastante extraño. ¿Quiénes fueron testigos de su resurrección? 
¡Sólo los enemigos! Allí estaban los guardias romanos. Y allí también estaban los 
demonios y el propio Satanás. Y dos ángeles celestiales, el que guardaba la tumba y 
el que vino en ese momento. 

Es curioso, pero los romanos declararon que Él efectivamente era el Hijo de Dios, y 
fueron los romanos quienes testificaron de su resurrección, en vivo y en directo. Pero 
los discípulos, que debían conocer las profecías y sus enseñanzas, y que debían es- 
tar aguardando la resurrección, no estaban allí. Por lo menos no se puede decir que 
lo robaron de su tumba... 

Los guardias fueron hasta la ciudad para contarles a los líderes religiosos sobre el 
fantástico suceso. Pero estos líderes, duros de corazón, sobornaron a los guardias 
con una gran suma de dinero, seguramente dinero santificado, venido de las ofren- 
das de los adoradores. Aquellos que, sin causa alguna, habían llamado a Jesús em- 
bustero, ahora continuaban siendo dominados por el odio y los celos, y sobornaron a 
los romanos para que se callaran con respecto a lo que habían presenciado y dijeran 
que los discípulos habían robado su cuerpo. Ahora, si así hubiera sido, ¿por qué no 
mandaron a los soldados rastrillar en todos lados en busca de ese cuerpo? Porque 
así se probaría que todo era una mentira. 

La misma autoridad militar que había admitido que Jesús era el Hijo de Dios, relató a 
los sacerdotes que Él había resucitado. Esta es la mayor prueba de la muerte de 
Jesús y su resurrección. Estos guardias tenían todos los motivos para no admitir ta- 
les verdades, si no percibieran que eran verdaderas. No predicaron la verdad acerca 
de la resurrección porque aceptaron ser sobornados, eran corruptos. 

La postura de los líderes fue contradictoria. Habían llamado a Jesús "embustero". 
¿Cómo iban a admitir la resurrección? Si lo hacían, su prestigio caería estrepitosa- 
mente ante aquellos que habían logrado engañar, ante quienes habían llevado a gri- 
tar "¡Crucifícale!". Aquellos que habían pagado para que Judas entregara a Jesús 
ahora les pagaban a unos soldados para que se aliaran con su mentira, y callaran la 
verdad. 

¡Cómo el dinero compra la conciencia de las personas! Pero hay algo aquí que es 
imposible esconder. Jesús se apareció a sus discípulos y les dijo que volvería otra 
vez. Ellos le creyeron, y predicaron esa verdad al mundo entero. Y quien crea en es- 
to, será salvo, porque El resucitó, los romanos lo vieron resucitar. 

La prueba es doble: la tentativa de silenciar la noticia de la resurrección y el anuncio 
de esa noticia por todo el mundo, hasta nuestros días. ¡Muy pronto todos sabrán que 
Él realmente cuando vuelva! 



Dio poder a un movimiento 

Ahora surge una pregunta intrigante: ¿Cómo es que hombres ignorantes, parte de 
ellos humildes pescadores, todos ellos personas comunes del pueblo, de un día para 
el otro se convirtieron en gigantes en la predicación, en la oratoria, en el liderazgo de 
un movimiento que pasó a crecer fantásticamente hasta involucrar al mundo entero? 
¿Cómo fue que esto sucedió? 

Después de la muerte de Jesús, aún cuando Cristo se había aparecido ante ellos, 
algunos decidieron dejar todo y volver a su antigua vida. Pensaban dedicarse a la 
pesca nuevamente. Todavía no se sentían protegidos por el poder de su Maestro, 
aún cuando ya lo habían visto vivo. 

Pero Él los reunió una última vez. Dijo algunas palabras y les dio un mandato, de que 
se reunieran durante diez días. En esas jornadas, se unieron fraternalmente como 
una sola persona. El Espíritu Santo estaba allí capacitándolos para la gran misión: 
predicar la salvación al mundo entero. Comenzaron a amarse, y no a disputar pues- 
tos de poder como antes. Ahora eran como su Maestro. Al décimo día recibieron el 
poder y, desde ese día en adelante, ya no hubo manera de contenerlos. Salieron a 
predicar, y hoy estamos aguardando a que muy pronto vuelva Jesús. 

Si Jesús no hubiera resucitado, ¿quién les habría enviado el poder para hacer lo que 
hicieron? Ellos predicaron acerca de la resurrección. Así como el motivo que Satanás 
utilizó para acallar la voz de Jesús fue que Él era Dios, eso sirvió también de motivo 
para que salieran al mundo a predicarle a todos que Jesús había muerto y resucita- 
do, y volverá a buscar a todos los que crean en Él para vida eterna. 



Proporcionó autoridad para testificar 

Todo el énfasis de la predicación de los apóstoles estaba basado en la verdad de la 
resurrección de Jesús. El cristianismo tiene a la resurrección como plataforma doctri- 
nal básica, desde la cual parte la creencia de que Él volverá otra vez. En caso de 
que Jesús no hubiera resucitado, la Segunda Venida sería inviable, y la fe sería in- 
útil. Es lo que Pablo decía en sus predicaciones. Además, si Él no estuviera vivo, la 
predicación no se hubiera expandido al mundo entero, ni se habría mantenido hasta 
nuestros días. 

Los discípulos y los apóstoles creyeron de verdad en la resurrección. Habían visto 
vivo a Jesús, hablaron con Él, palparon sus heridas, y recibieron sus promesas. Aho- 
ra estaban entusiasmados con todo lo ocurrido, entendieron finalmente los motivos 
de la muerte de Cristo, y recibieron poder para predicar la verdad y las buenas nue- 
vas: El había resucitado, subido a los cielos y volvería nuevamente. Nosotros conti- 
nuamos predicando esto, y a través de las señales podemos saber que ya estamos 
en el contexto global de los eventos finales, entre los cuales podemos enumerar las 
leyes opresoras, el decreto dominical y el fuerte pregón, entre otras. 

Los seguidores de Jesús no sólo predicaron, sino que hacían las mismas señales 
poderosas de Jesús. Obraron maravillas que fueron imposibles de explicar humana- 



mente. Lo hacían por el poder de Aquél que había resucitado. El necesitaba estar vi- 
vo para que sus seguidores hicieran tales milagros. Ese poder no estaba en los 
hombres y mujeres, sino que lo recibieron de Jesús. 

Aún ante las evidencias y pruebas, los principales líderes del Templo no quisieron 
admitir su error de haber matado a Jesús. Siguieron equivocándose, sabiendo que 
se habían equivocado, ahora que sabían a quién habían matado. De la misma mane- 
ra, los grandes líderes religiosos de hoy sabrán, al emitir las leyes que lleven a la 
persecución al pueblo de Dios, que éste será el pueblo que adore de la manera en 
cómo lo desea el Creador, pero aún así -a semejanza de aquellos de los tiempos de 
Jesús- combatirán a ese pueblo en los días finales. 

Los principales líderes religiosos mandaron arrestar a Pedro. Y lo hicieron también 
con muchos otros que anunciaban la resurrección. Arrestaron a esas personas por la 
misma razón por la que Jesús había sido muerto, porque estaban predicando que 
Jesús era Dios y que, a pesar de eso, había sido muerto, resucitado y vendría otra 



¡Imagina una predicación así! Habían matado a Jesús porque, según ellos, había 
blasfemado diciendo que era Dios. Ahora, en vez de uno diciendo eso, había una 
docena de personas. Y pronto no fueron sólo esa cantidad, sino centenares. Y des- 
pués la cantidad de predicadores creció hasta los miles. Cuando se quiere acabar 
con algún movimiento, la estrategia siempre ha sido silenciar al líder. Pero en esta 
oportunidad, la estrategia resultó en un efecto contrario. Los discípulos casi habían 
desistido, pero después que recibieron el poder de su Líder resucitado, inundaron al 
mundo entero con sus enseñanzas. 

¿Y qué pasó con aquellos líderes espirituales? Insistieron en decir que Jesús era un 
embustero, y que ahora sus seguidores mantenían la misma actitud. Pero cuanto 
más combatían a los seguidores de Jesús, más se multiplicaban, a punto tal que muy 
pronto los enemigos perdieron el total control de la situación. Y en el año 70 d.C, los 
líderes espirituales y su templo, donde todavía insistían en mantener el sistema de 
sacrificios que señalaba a Cristo, fueron todos muertos, y su templo destruido sin 
que quedara una piedra sobre piedra. Nunca más se levantó nuevamente. Siglos 
más tarde, en ese mismo lugar, los musulmanes construyeron una mezquita. 

Pero tiempo después, influidos por el poder seductor del enemigo de Dios, los líderes 
religiosos romanos de los cristianos restablecieron el sistema de sacrificios ahora in- 
útil, en la forma de la misa y la eucaristía, diciendo que la Ley era abolida, y que el 
sacrificio continuaba. Invirtieron los hechos, pues lo que había sido abolido era el sis- 
tema de sacrificios, no la ley. Millones de personas creen en este engaño. 

A nosotros nos corresponde, como pueblo de Dios, aclarar estos hechos al mundo 
entero, pues es la base de la verdadera adoración. Si Cristo fue obediente a la Ley 
hasta la muerte, ¿podría creerse que, después de resucitar, de allí en adelante ya no 
sería necesaria la observancia del descanso sabático? ¿Toda aquella humillación y 
sacrificio para nada? ¿Obedeciendo hasta el último segundo para después seguir al- 
terando o anulando la Ley? ¡Cuan enorme es el poder del enemigo para llevar a mi- 
llones de personas a creer en una falsedad, en lugar de una verdad tan obvia! 



El poder de Satanás para engañar es impresionante. 

Garantiza nuestra propia resurrección 

Unos momentos antes de escribir las líneas de este comentario recibí la noticia del 
fallecimiento del pastor Ataliba Huff. Justo antes de comentar acerca de la garantía 
de nuestra resurrección. Siempre que alguna persona de nuestro círculo pierde la vi- 
da, recordamos con mayor intensidad la promesa de Jesús de que Él vendrá otra 
vez, y que la muerte ya no será más. Viviremos para siempre, y nunca más pasare- 
mos por la experiencia amarga de tener que morir, o de ver a otros morir y tener que 
enterrarlos. 

Pero, ¿cómo podemos tener esa certeza, de que si morimos, algún día, Jesús nos 
devolverá la vida? Pues bien, ya hemos estudiado esta semana las evidencias mani- 
festadas por los hechos que ocurrieron con Jesús. Esto es interesante e importante. 
Pero no podemos olvidar lo más importante. ¿Has notado que los escritos de la Bi- 
blia siempre parten de la presuposición de que todo lo que está escrito en ella es 
verdadero? ¿Has notado que la Biblia no se preocupa demasiado en aportar pruebas 
de la veracidad de lo que registra, aunque esas pruebas puedan ser halladas indirec- 
tamente? Sí, la Biblia registra los hechos y presenta las promesas como algo de lo 
que no se tiene necesidad de dudar. Yo he percibido eso en todos los pasajes del Li- 
bro sagrado. 

¿Qué quiero decir con esto? La mayor fuerza de convicción para que aceptemos los 
escritos de la Biblia no se basa en pruebas ni en evidencias, sino en la fe. En la fe no 
necesitamos evidencias, aunque ellas existen y no deben ser descuidadas. Podemos 
utilizar las evidencias para, por ejemplo, estudiar la Biblia con personas que tienen 
dificultades para aceptar algunos puntos. Pero la fe es superior a todo aquello que 
pueda servir de evidencia sobre la veracidad de los relatos bíblicos. 

¿Y qué es la fe? Es un don que Dios nos da y que nos capacita para creer en lo que 
Él dice. La fe es la capacidad de aceptar los relatos bíblicos como verdaderos y dig- 
nos de confianza, sin necesidad de comprobación alguna. 

Supongamos que te cuentan una historia fantástica. Por ejemplo, la historia de un 
pescador (generalmente son mentirosas, ¿no es así?). Te cuenta una persona que 
un día, caminando por la orilla de un río, se encuentra una laguna con muchos pe- 
ces. Entonces cierran la salida y la entrada de la laguna y baten el agua. Los peces 
se acercan a la superficie y así tu amigo pesca, sin anzuelo, dieciocho peces de ta- 
maño considerable. ¿Creerías en una historia de éstas, si no la has visto y no hay 
modo de comprobar los hechos? ¿Creerías o no? ¡Lo creerías dependiendo de quién 
te lo está contando! Si la persona es digna de confianza, si es alguien que nunca 
miente, entonces crees. (A propósito, esta historia es verídica...) 

¿De dónde proviene la fe? De Dios. ¿Merece Él nuestra credibilidad en lo que dice? 
¿Cumple Él siempre lo que promete? Sí. ¿Ha cumplido en el pasado? Sí. ¿Tiene po- 
der para hacer lo que promete? Sí, y de sobra. Él es infinito. Si nosotros le creemos 



confianza, ¡cómo no podemos creer en 



Podemos creer en estas palabras: "Soy el que vivo. Estuve muerto, pero ahora vivo 
por los siglos de siglos. Y tengo las llaves de la muerte y el sepulcro" (Apocalipsis 
1:18); "los muertos oirán la voz del Hijo de Dios. Y los que la oigan vivirán" (Juan 
5:25); "sorbida es la muerte con victoria" (1 Corintios 15:54). 

¿Podemos creer en estas palabras? Si conocemos a quien las dijo, sí. 



Aplicación del estudio 

"Yo soy la resurrección y la vida", dijo Jesús. Esta es, ciertamente, la proclama más 
importante para nosotros, mortales que creemos en Jesús. Y proviene de otra decla- 
ración hecha por Jesús, que encontramos en Juan 10:18: "Tengo poder para darla [a 
la vida], y poder para volverla a tomar". 

Jesús, nacido hombre, era también Dios. Y como tal, asumió la forma de existencia 
en dos personas: Dios y hombre. Como Dios, no podía morir; pero como hombre, sí, 
pues había nacido mortal. El vino así al mundo para luchar con la muerte y su amo, 
Satanás. El poder y la gloria (quizás sea mejor decir, su forma de imponerse) de Sa- 
tanás reside en la muerte. El poder de Dios está en la vida. Es donde se manifiesta 
su atributo más impresionante, crear de la nada a seres vivos. No sólo porque Él vive 
eternamente, sino porque es capaz de crear seres vivos y de resucitar a aquellos 
que mueran. 

Compara los dos poderes, el de Satanás y el de Dios. ¿Cuál es la diferencia? Dios 
realmente tiene poder, pero Satanás tiene muy poco si lo comparamos con Dios. 
Además, el poder de Satanás, comparado con el de Dios, es ínfimo. Por lo tanto, pa- 
ra que Satanás logre algo, necesita apelar al miedo, y sólo así será respetado. El 
poder de él esta en simplemente destruir lo que Dios hizo. Mata a los seres huma- 
nos, animales y vegetales; destruye la naturaleza; contamina con pestes y enferme- 
dades, desequilibra el clima y tantas otras cosas más. Lo que él es capaz de hacer lo 
hacer porque Otro, antes que él, realmente construyó algo y la trajo a la existencia. 
Aquí, en este mundo, Dios hace, y Satanás deshace. 

Pero esto no ocurrirá siempre. Todos los poderes de Satanás se basan en lo que 
Dios ya hizo, y otros poderes no tiene. Y los que usa, ya no le pertenecen más, pues 
Jesús se los arrebató cuando murió y resucitó. Ahora Satanás puede hacer lo que 
quiere, pero no será para siempre. Tiene sus días contados, y perderá todo en el 
momento en el que Jesús lo decida. 

Por el hecho de que Jesús fue fiel a su Ley hasta la muerte, es que tiene derecho 
moral y legítimo de resucitarse a sí mismo, y adquirió el derecho de resucitar a quien 
Él desee. Quien es capas de deponer su vida, y de reactivarle en sí mismo, puede 
fácilmente resucitar a otros, para que vivan y nunca más mueran. 



El pastor Ataliba ciertamente es uno de ellos. ¿Creemos en esto? Además de todas 
las evidencias, todo es cuestión de fe. Y la fe, para cada uno de nosotros es algo así 
como una prueba de veracidad de lo que viene en un futuro anticipadamente anun- 
ciado. 



Prof. Sikberto R. Marks 




Traducción: Rolando D. Chuquimia 
RECURSOS ESCUELA SABÁTICA © 



Comentario da Licao da Escola Sabatina 



© Prof. Sikberto Renaldo Marks 

(marks@unijui.tche.br) 

RECURSOS ESCUELA SABÁTICA 

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